domingo, 22 de septiembre de 2013

PRENSA. Editorial para comentar. (Sobre la piratería digital)


   En "El País":
 21 SEP 2013

   El ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, confirmó ayer el endurecimiento del castigo a la piratería digital, traducido en una penalización expresa de las webs que enlacen con sitios donde se almacena material sujeto a legítimos derechos de autor. La criminalización de las páginas de enlaces se limita a los casos en que exista ánimo de lucro y en ningún caso se actuará contra los usuarios, ni contra los programas P2P que permiten compartir contenidos. Se aleja así la tentación de incurrir en fracasos como el de la norma francesa, recientemente anulada, que autorizaba el corte del acceso a Internet para hogares donde se efectúan descargas ilegales.

   Acierta, sin duda, el Ejecutivo al prometer la cárcel a los autores de conductas graves, aunque los juristas se muestran un tanto escépticos sobre la eficacia de la medida. La persecución a golpe de Código Penal exige, primero, que entre en vigor: el castigo a la piratería digital va incluido en una reforma muy amplia de la ley penal, lo cual alargará las discusiones parlamentarias durante meses. Y por cierto, hay un debate pendiente sobre la proporcionalidad de las penas previstas, que son de hasta seis años de cárcel. El castigo penal debe considerarse un medio de disuasión de los ladrones, insuficiente para rectificar el auge de la piratería digital, aunque oportuno para volver al debate de la falta de respeto a la propiedad intelectual, que tan mala imagen internacional da de España.
   La libertad predicada de la Red ha extendido la idea de que el ciberespacio es prácticamente ajeno al Estado de derecho y de que todo cuanto existe en el mismo debe usarse gratuitamente. Si esta idea pervive, se puede dar por terminada la creación cultural y considerar que hay consenso social para estrangular el futuro de músicos, escritores, cineastas y demás creadores, puesto que ya no podrían vivir de su trabajo. Una perspectiva dramática para la industria cultural —ya suficientemente rejoneada por la elevación del IVA al 21% en sus productos—, y amenazada de destrucción por los piratas del siglo XXI. No es casualidad que acabe de cerrar la principal distribuidora de cine de autor que existía en España; ni que Estados Unidos, siempre inquieto por el enorme volumen de la piratería digital española, haya designado embajador en Madrid a una persona procedente de su industria cultural.

Editorial

   Sin perjuicio de penalizar las conductas más dañinas, los poderes públicos tienen la obligación paralela de invertir en la educación y concienciación de la sociedad. No se pueden utilizar otros muchos productos y servicios —incluidas las redes de telecomunicación— sin pagar su precio, porque se llevaría a la ruina a sus empresas y trabajadores; lo mismo sucede con los productos culturales. Facilitar su uso gratuito no solo es un robo, sino el modo más seguro de acabar con la cultura. Y eso no puede permitírselo ninguna sociedad civilizada.

PRENSA. Editorial para comentar. (Sobre el papa Francisco)


   En "El País":
 22 SEP 2013

     Tanto por los gestos como por las palabras, cada vez está más claro que el papa Francisco está decidido a abrir las ventanas de la Iglesia y ejercer un nuevo tipo de liderazgo religioso. Para quienes todavía albergaran alguna duda, la entrevista de más de seis horas concedida a la revista de los jesuitas italianos Civilità Cattolica, reproducida en otras 16 publicaciones de la orden en todo el mundo, las habrá disipado. El hecho mismo de que el Papa se haya sometido a una exposición pública de esa naturaleza, contestando sin pudor y sin restricciones a todo tipo de preguntas, incluidas algunas de carácter muy personal, supone ya una revolución. Lejos de mostrar una imagen hierática de trono y pedestal, a este Papa no le importa situarse a ras de tierra, como el resto de los mortales, y mostrarse en su condición más humana y humilde, con sus virtudes y sus defectos.

     Algunos inmovilistas verán en este gesto una pérdida de autoridad pontificia, un signo de debilidad y hasta una traición. Pero los creyentes preocupados por la lenta e inexorable pérdida de conexión de la Iglesia con las preocupaciones mayoritarias de la sociedad solo pueden ver en el empuje papal una oportunidad. Con su manera de proceder, el papa Francisco invita a instaurar en el seno de la Iglesia una nueva manera de proceder nada pretenciosa, más creativa y cercana, capaz de ejercer la autocrítica y abrir las puertas al cambio. Sin apartarse de los postulados centrales del evangelio, el Papa ejerce de esta forma un nuevo tipo de orientación religiosa mucho más acorde a las necesidades de una sociedad plural que alberga muchas y diferentes sensibilidades, un liderazgo que contrasta con el de sus dos predecesores: de perfil carismático y popular en el caso de Juan Pablo II, de tipo recogido y erudito en el de Benedicto XXI, pero ambos tributarios de un modelo de Iglesia cerrada en sí misma e incapaz de abordar los cambios necesarios para regenerarse y perdurar. Ciertamente, todo cambio implica riesgos, pero sin riesgo tampoco hay oportunidad.
     De las palabras del papa Francisco se desprende la idea de una Iglesia concebida más como servicio y refugio que como juez de la moral individual, más proclive a comprender que a condenar. Y eso incluye evitar que su mensaje se identifique exclusivamente con determinados y beligerantes postulados políticos. Así podría interpretarse el deseo del Papa de desprenderse de ciertas etiquetas, afirmando que él nunca ha sido de derechas.

Editorial

     De la misma manera que desde el ámbito secular se reclama la independencia del poder político respecto de la religión, resultaría ciertamente innovador que la religión proclamara su deseo de independizarse de las ataduras de la batalla política secular. Es de esperar que en los próximos meses, este nuevo liderazgo afiance los cambios estructurales y organizativos ya apuntados que hagan posible la transformación de la Iglesia, y que esos cambios no sean ajenos a España.

martes, 17 de septiembre de 2013

PRENSA. "Guerrillas en el patio de colegio". Texto para actividades de comprensión y crítica

Eugenio Fuentes

   En "El País":

En todos los patios de colegio han existido siempre los matones. En ninguno ha faltado el truhán que, amparado en su corpulencia o en su falta de escrúpulos, acosaba al compañero más vulnerable, le inventaba un apodo o ingeniaba una broma pesada con que humillarlo. Su diversión favorita, más que los deportes o los juegos, era encontrar una víctima propiciatoria sobre quien lanzar sus burlas y ejercer su despotismo, a quien poner la zancadilla o arrinconar para quitarle el bocadillo o el dinero bajo amenazas y chantajes.
Por las noticias que siguen apareciendo a diario en la prensa —en España y fuera de España—, la situación no ha variado mucho. Cualquier excusa es buena para el acoso: que alguien use gafas o lleve aparato en los dientes, que sufra acné o calce un número muy grande de zapatos. Pero sobre todo se ejerce sobre quien tiene algún defecto físico o es diferente al grupo, sobre el chico o la chica gordito o flaco, sobre el torpe deportivamente, sobre el homosexual o sobre quien tiene otro acento al hablar u otro tono de piel.
El acoso es tan viejo, tan conocido, y es tan nítido su significado que no resulta necesario aplicarle el neologismo bullying. Y aunque se trate de un asunto de niños, no es un problema pequeño ni para tomar a broma: el miedo y la angustia también caminan en pantalón corto.
El matón es un tipo que pretende aumentar su valoración en el Dow-Jones escolar subiéndose sobre los hombros de aquellos a quienes quiere convertir en bonos basura. Pero, con todo, su principal arma no está en sus músculos ni en su crueldad, sino en su pertenencia a un grupo que en esas ocasiones se convierte en manada. En el patio del colegio o en las redes sociales, los componentes de la grey empujan todos a la vez al que está solo para defenderse contra todos ellos, dejándose arrastrar por ese instinto atávico de hostigar a quien no pertenece a la tribu.
Al verse amparado por un coro de cómplices que participan de sus guasas y aplauden sus agresiones, el matón, además, se siente impune, convencido de que la culpa se diluirá en el grupo si se exigen responsabilidades, algo que no siempre resulta fácil, puesto que en muchos episodios no hay un ataque físico ni una agresión que pueda calificarse de delito, sino que es la víctima la que, en el peor de los casos, se hace daño a sí misma.
Frente a ellos tiembla la figura del acosado: el chico o la chica que, mientras todos sus compañeros están deseando que terminen las clases para salir al patio, teme que empiece el recreo, porque esos minutos que debían ser de descanso son un periodo de ansiedad y de pánico. Para él, el patio es un patíbulo. Mientras los otros juegan, gritan y saltan satisfechos, él aspira a esconderse en su camisa y pasar desapercibido, anónimo, a que nadie se fije en sus andares, porque cualquier cosa que haga es un detonante para las cargas de caballería: si saca buenas notas, porque despierta la envidia de los acosadores; si suspende, porque es tildado de torpe. Si viste de marca, porque es una pija; si viste de trapillo, porque es una choni. En una situación así, su fracaso escolar está servido, pues no sabe de qué sirve ir al colegio si solo es para recibir humillaciones.
El acoso escolar se ha agravado y ha adquirido una nueva dimensión con las nuevas tecnologías, tanto que la propia comunidad europea se ha alarmado ante su crecimiento. La tecnología tiene muchas, inmensas ventajas, pero también se convierte en una pesadilla tenebrosa cuando su eficacia y su inmenso poder son aplicados al mal. Un día la víctima es aquel chico tímido que no hablaba; otro, se arroja a un precipicio una muchacha, con una carta en el bolsillo donde da cuenta de su desesperación; guardamos por ella un minuto de silencio, pero la olvidamos pronto, sin pensar que mañana podría ser cualquier familiar o conocido que llevamos al costado.Frente a ellos tiembla la figura del acosado: el chico o la chica que, mientras todos sus compañeros están deseando que terminen las clases para salir al patio, teme que empiece el recreo, porque esos minutos que debían ser de descanso son un periodo de ansiedad y de pánico. Para él, el patio es un patíbulo. Mientras los otros juegan, gritan y saltan satisfechos, él aspira a esconderse en su camisa y pasar desapercibido, anónimo, a que nadie se fije en sus andares, porque cualquier cosa que haga es un detonante para las cargas de caballería: si saca buenas notas, porque despierta la envidia de los acosadores; si suspende, porque es tildado de torpe. Si viste de marca, porque es una pija; si viste de trapillo, porque es unachoni. En una situación así, su fracaso escolar está servido, pues no sabe de qué sirve ir al colegio si solo es para recibir humillaciones.
Con las nuevas tecnologías, el ciberacoso ya no se limita al patio del instituto; también penetra en la intimidad de las habitaciones de los adolescentes, donde antes hallaban un refugio inexpugnable y se sentían protegidos. Tampoco se reduce al horario escolar, se prolonga todo el tiempo: al acostarse, el acosado apaga la pantalla del ordenador donde se lee la última burla y al despertarse comprueba angustiado que todavía sigue allí.
En el fondo, solo hay dos tipos de personas: las que sienten una indomable inclinación hacia el poder y el dominio, hacia el ordeno y mando, y las que solo aspiran a que las dejen en paz. Todo poder libre de control tiende hacia la tiranía y por eso son imprescindibles las leyes que lo frenen y lo regulen. Y esta tensión, como un anticipo de las que se producirán en la edad adulta, se contempla a diario en los patios de colegios e institutos, pero ahora gravemente amplificada por las redes de la tecnología. Que se aprenda a evitarlas en las primeras edades es una garantía de convivencia para el futuro.
Eugenio Fuentes es escritor. Su última novela es Si mañana muero (Tusquets Editores).

domingo, 20 de enero de 2013

PRENSA. NARRATIVA ENTRE LOS 70 Y LA ACTUALIDAD. "Alberto Méndez o la dignidad de los vencidos". (Sobre "Los girasoles ciegos")


   En "El País":

 15 OCT 2005
El Premio Nacional de Literatura de 2005, fallado la semana pasada, ha recaído en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. Un libro de cuentos sobre la Guerra Civil que ha gozado desde su publicación de plena aceptación entre la crítica y el público. Historias de derrota que activan la memoria.

Cuando un peculiar libro de cuentos, como es Los girasoles ciegos, contra todo pronóstico comercial razonable, gana el Premio de la Crítica, el Premio Nacional de Literatura, agota seis ediciones (unos quince mil ejemplares, según su editor), y consigue vender los derechos de traducción a Alemania, Francia, Italia y Serbia, es que algunas virtudes especiales debe tener. Y claro que las tiene: la emoción que produce su lectura y la indiscutible calidad literaria.
El caso es que en una sociedad en la que las novelas insustanciales ocupan tanto espacio mediático, hasta el punto de que apenas dejan sitio para los empeños literarios discretos, más honestos y ambiciosos, como el de Alberto Méndez, es un auténtico milagro que un jurado tan estrambótico como el reunido en el Ministerio de Cultura (hay entre sus miembros honrosas excepciones, claro está; en esto el actual Gobierno no ha logrado distinguirse del anterior) haya acertado plenamente. Lo que no significa que no hubiera otros libros merecedores de reconocimiento, como las novelas de Javier Marías y Luis Mateo Díez, e incluso las memorias de Carlos Castilla del Pino. Hay, por tanto, que alegrarse, y mucho, pues la decisión del año pasado, junto con la forma en que se compuso también entonces el jurado, habían dejado el prestigio del galardón bastante mermado.
¿Por qué tachaba antes Los girasoles ciegos de libro de cuentos peculiar? Pues porque de entre las diversas maneras en que puede organizarse un volumen de cuentos, el autor había optado por la que quizá fuera la más compleja, la que denominamos "ciclo de cuentos", una modalidad a la que también pertenecen, por mencionar un par de buenos ejemplos, Dublineses, de Joyce, y los Cuentos del Barrio del Refugio, de José María Merino. En estos libros de relatos, las piezas, aunque mantengan su valor independiente, aparecen asimismo trabadas, generando otra unidad de sentido distinta.
Pero también es éste un libro de narraciones sobre la Guerra Civil y sus consecuencias políticas y sociales, el último eslabón de una ya riquísima tradición literaria que ha tenido en Max Aub y Juan Eduardo Zúñiga, por sólo citar nombres indiscutibles, algunos de sus mejores cultivadores. Al leerlo por primera vez recordé una frase de Cervantes que le gustaba citar al autor de La gallina ciega: "Con ser vencidos llevan la victoria".
Si no recuerdo mal, el libro de Alberto Méndez apareció en la editorial Anagrama en febrero de 2004, cosechó numerosas y excelentes críticas (de Santos Sanz Villanueva, Ángel Basanta, Juan Antonio Masoliver, Antonio Garrido, Pilar Castro, Pedro M. Domene y Francisco Solano, entre otros), y obtuvo en diciembre el Premio Setenil, que gracias a la iniciativa y al excelente olfato literario de Manuel Moyano y Ramón Jiménez Madrid, se concede en Molina de Segura (Murcia) al mejor libro de cuentos del año.
Cuando el 10 de abril se falló el Premio de la Crítica, el libro continuaba en la primera edición, la segunda apareció unas semanas después y desde entonces no han dejado de sucederse de manera imparable. Lo recuerdo bien porque he observado en diversas ocasiones cómo Marta Ramoneda, de la librería La Central, de Barcelona, quien utilizó el libro de Méndez en el Taller de Lectura que coordina en el Raval, y un cliente habitual con pinta de profesor latoso, cantaban alborozados la aparición, una tras otra, de las sucesivas ediciones... Éste es, por tanto, el típico caso de un libro que funciona por el boca a boca, por la recomendación de los lectores, tras la llamada de atención que supuso el Premio de la Crítica.

Quién fue Alberto Méndez

Ya se ha recordado hace poco en estas mismas páginas, su militancia en el partido comunista, y su vinculación con el mundo editorial, sobre todo a la prestigiosa editorial Ciencia Nueva. Lo que quizá sea menos conocido es que nació en Roma porque su padre, el poeta y traductor José Méndez Herrera, trabajaba para la FAO, aunque los lectores veteranos lo recordarán como traductor habitual de la editorial Aguilar, de autores tan importantes como Goldoni, Dickens, Stevenson, Chesterton y J. B. Priestley, entre otros. Así, en 1962, obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión de las obras teatrales de Shakespeare.
Dos meses antes de morir, en un correo electrónico que le envió a un amigo, Alberto Méndez afirmaba: "Mi vida ha sido, y así pretendo que sea, una vida oscura y oscurecida por mi dedicación al trabajo y a la familia. El resto ha sido mi militancia política, la clandestinidad, y una obcecación tan fracasada como enfermiza por contribuir a la caída de la dictadura. Lo malo es que, además de no caer, me arrojó encima toda la excrecencia que dimanaba".
No menos interés tiene un breve texto que compuso con motivo de la concesión del Premio Setenil, titulado En torno al cuento. En él, además de señalar a Borges, Cortázar y Carver como sus cuentistas preferidos, apuntaba las virtudes y defectos del género. Así, señala que el cuento se caracteriza por su capacidad sintética y desarrollo vertiginoso, porque sólo utiliza los elementos esenciales de la narración: planteamiento sucinto, enredo esquemático, personajes paradigmáticos y desenlace sorpresivo. Cuando todo ello se logra, comenta, se consigue la dosificación y el equilibrio interno adecuado que convierten al cuento en un género absolutamente moderno.
No quiero concluir sin referirme al libro, aunque ya haya sido suficientemente explicado y valorado. En Los girasoles ciegos se narran cuatro historias de horror y desolación, en las que se ahonda en las razones de la derrota, no en vano los subtítulos de los cuentos aluden a ella. Son relatos para activar la memoria, contra el olvido, y en defensa de la idea de que en una guerra entre hermanos, al fin y a la postre, todos son perdedores. Quizá por ello los personajes a los que se les proporciona voz, siempre seres anónimos, aparezcan desorientados, perdidos, como los "girasoles ciegos" del título, como el Hermano Salvador de la última pieza del conjunto. La cita inicial de Carlos Piera nos incita a asumir la historia, a no olvidarla, a cumplir con el correspondiente duelo que supone el reconocimiento público.
Éste es, por tanto, uno de esos pocos libros que puede satisfacer a todo tipo de lectores. Por un lado, es sencillo y profundo a la vez; realista, pero cargado de simbolismo. Por lo que no me parece arriesgado repetir la propuesta que hace ya varios meses les hice a los lectores de la revista Quimera, sin que mi economía haya sufrido hasta ahora merma alguna por ello. Estoy tan seguro de que van a disfrutar y a emocionarse con la lectura de estos cuentos que me comprometo a devolverles el dinero a todos aquellos que se sientan decepcionados con su lectura. Es una oferta sin riesgo alguno.
Fernando Valls es profesor de literatura española contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y director de la revista Quimera.