domingo, 20 de enero de 2013

PRENSA. NARRATIVA ENTRE LOS 70 Y LA ACTUALIDAD. "Alberto Méndez o la dignidad de los vencidos". (Sobre "Los girasoles ciegos")


   En "El País":

 15 OCT 2005
El Premio Nacional de Literatura de 2005, fallado la semana pasada, ha recaído en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. Un libro de cuentos sobre la Guerra Civil que ha gozado desde su publicación de plena aceptación entre la crítica y el público. Historias de derrota que activan la memoria.

Cuando un peculiar libro de cuentos, como es Los girasoles ciegos, contra todo pronóstico comercial razonable, gana el Premio de la Crítica, el Premio Nacional de Literatura, agota seis ediciones (unos quince mil ejemplares, según su editor), y consigue vender los derechos de traducción a Alemania, Francia, Italia y Serbia, es que algunas virtudes especiales debe tener. Y claro que las tiene: la emoción que produce su lectura y la indiscutible calidad literaria.
El caso es que en una sociedad en la que las novelas insustanciales ocupan tanto espacio mediático, hasta el punto de que apenas dejan sitio para los empeños literarios discretos, más honestos y ambiciosos, como el de Alberto Méndez, es un auténtico milagro que un jurado tan estrambótico como el reunido en el Ministerio de Cultura (hay entre sus miembros honrosas excepciones, claro está; en esto el actual Gobierno no ha logrado distinguirse del anterior) haya acertado plenamente. Lo que no significa que no hubiera otros libros merecedores de reconocimiento, como las novelas de Javier Marías y Luis Mateo Díez, e incluso las memorias de Carlos Castilla del Pino. Hay, por tanto, que alegrarse, y mucho, pues la decisión del año pasado, junto con la forma en que se compuso también entonces el jurado, habían dejado el prestigio del galardón bastante mermado.
¿Por qué tachaba antes Los girasoles ciegos de libro de cuentos peculiar? Pues porque de entre las diversas maneras en que puede organizarse un volumen de cuentos, el autor había optado por la que quizá fuera la más compleja, la que denominamos "ciclo de cuentos", una modalidad a la que también pertenecen, por mencionar un par de buenos ejemplos, Dublineses, de Joyce, y los Cuentos del Barrio del Refugio, de José María Merino. En estos libros de relatos, las piezas, aunque mantengan su valor independiente, aparecen asimismo trabadas, generando otra unidad de sentido distinta.
Pero también es éste un libro de narraciones sobre la Guerra Civil y sus consecuencias políticas y sociales, el último eslabón de una ya riquísima tradición literaria que ha tenido en Max Aub y Juan Eduardo Zúñiga, por sólo citar nombres indiscutibles, algunos de sus mejores cultivadores. Al leerlo por primera vez recordé una frase de Cervantes que le gustaba citar al autor de La gallina ciega: "Con ser vencidos llevan la victoria".
Si no recuerdo mal, el libro de Alberto Méndez apareció en la editorial Anagrama en febrero de 2004, cosechó numerosas y excelentes críticas (de Santos Sanz Villanueva, Ángel Basanta, Juan Antonio Masoliver, Antonio Garrido, Pilar Castro, Pedro M. Domene y Francisco Solano, entre otros), y obtuvo en diciembre el Premio Setenil, que gracias a la iniciativa y al excelente olfato literario de Manuel Moyano y Ramón Jiménez Madrid, se concede en Molina de Segura (Murcia) al mejor libro de cuentos del año.
Cuando el 10 de abril se falló el Premio de la Crítica, el libro continuaba en la primera edición, la segunda apareció unas semanas después y desde entonces no han dejado de sucederse de manera imparable. Lo recuerdo bien porque he observado en diversas ocasiones cómo Marta Ramoneda, de la librería La Central, de Barcelona, quien utilizó el libro de Méndez en el Taller de Lectura que coordina en el Raval, y un cliente habitual con pinta de profesor latoso, cantaban alborozados la aparición, una tras otra, de las sucesivas ediciones... Éste es, por tanto, el típico caso de un libro que funciona por el boca a boca, por la recomendación de los lectores, tras la llamada de atención que supuso el Premio de la Crítica.

Quién fue Alberto Méndez

Ya se ha recordado hace poco en estas mismas páginas, su militancia en el partido comunista, y su vinculación con el mundo editorial, sobre todo a la prestigiosa editorial Ciencia Nueva. Lo que quizá sea menos conocido es que nació en Roma porque su padre, el poeta y traductor José Méndez Herrera, trabajaba para la FAO, aunque los lectores veteranos lo recordarán como traductor habitual de la editorial Aguilar, de autores tan importantes como Goldoni, Dickens, Stevenson, Chesterton y J. B. Priestley, entre otros. Así, en 1962, obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión de las obras teatrales de Shakespeare.
Dos meses antes de morir, en un correo electrónico que le envió a un amigo, Alberto Méndez afirmaba: "Mi vida ha sido, y así pretendo que sea, una vida oscura y oscurecida por mi dedicación al trabajo y a la familia. El resto ha sido mi militancia política, la clandestinidad, y una obcecación tan fracasada como enfermiza por contribuir a la caída de la dictadura. Lo malo es que, además de no caer, me arrojó encima toda la excrecencia que dimanaba".
No menos interés tiene un breve texto que compuso con motivo de la concesión del Premio Setenil, titulado En torno al cuento. En él, además de señalar a Borges, Cortázar y Carver como sus cuentistas preferidos, apuntaba las virtudes y defectos del género. Así, señala que el cuento se caracteriza por su capacidad sintética y desarrollo vertiginoso, porque sólo utiliza los elementos esenciales de la narración: planteamiento sucinto, enredo esquemático, personajes paradigmáticos y desenlace sorpresivo. Cuando todo ello se logra, comenta, se consigue la dosificación y el equilibrio interno adecuado que convierten al cuento en un género absolutamente moderno.
No quiero concluir sin referirme al libro, aunque ya haya sido suficientemente explicado y valorado. En Los girasoles ciegos se narran cuatro historias de horror y desolación, en las que se ahonda en las razones de la derrota, no en vano los subtítulos de los cuentos aluden a ella. Son relatos para activar la memoria, contra el olvido, y en defensa de la idea de que en una guerra entre hermanos, al fin y a la postre, todos son perdedores. Quizá por ello los personajes a los que se les proporciona voz, siempre seres anónimos, aparezcan desorientados, perdidos, como los "girasoles ciegos" del título, como el Hermano Salvador de la última pieza del conjunto. La cita inicial de Carlos Piera nos incita a asumir la historia, a no olvidarla, a cumplir con el correspondiente duelo que supone el reconocimiento público.
Éste es, por tanto, uno de esos pocos libros que puede satisfacer a todo tipo de lectores. Por un lado, es sencillo y profundo a la vez; realista, pero cargado de simbolismo. Por lo que no me parece arriesgado repetir la propuesta que hace ya varios meses les hice a los lectores de la revista Quimera, sin que mi economía haya sufrido hasta ahora merma alguna por ello. Estoy tan seguro de que van a disfrutar y a emocionarse con la lectura de estos cuentos que me comprometo a devolverles el dinero a todos aquellos que se sientan decepcionados con su lectura. Es una oferta sin riesgo alguno.
Fernando Valls es profesor de literatura española contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y director de la revista Quimera.

lunes, 7 de enero de 2013

LÍRICA ANTERIOR A 1936. "Idilios", nuevo libro de Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

   En "El País":

Moderno pastor de la belleza y el infinito

Juan Ramón Jiménez protagoniza el comienzo del año con la aparición de ‘Idilios’

Es un poemario de 1912 que ve la luz y que guarda 38 inéditos sobre su amor a Zenobia Camprubí

 7 ENE 2013
Entre un amor que no pudo ser y otro que sí quería serlo, se encuentran estos Idilios de Juan Ramón Jiménez (que la editorial La Isla de Siltolá publicará a principios de febrero), escritos a partir de 1912, anteriores por tanto a Diario de un poeta recién casado. Y aunque no llegó a editarlos, sí recogió bastantes poemas en sus antologías, repartidos en Idilios clásicos e Idilios románticos. JRJ (1881-1958) fue un creador incesante para el que lo verdaderamente importante no eran los libros sino su Obra. Prefería escribir a publicar, y así su Obra sobrepasó su vida con proyectos que aún duermen entre sus archivos.
Los manuscritos de estos 98 Idilios se hallaban dispersos entre Madrid y la Universidad de Río Piedras en Puerto Rico. La estudiosa Rocío Fernández Berrocal ha reconstruido, ordenado y editado con paciencia y convenientemente este libro, que se abre con luminoso y sensible prólogo del poeta Antonio Colinas y siempre alentado por la infatigable Carmen Hernández Pinzón, sobrina nieta de JRJ.
La aparición ahora de Idilios, cien años después de su redacción, confirma que las maravillosas novedades y los formidables hallazgos que trajo el Diario a la poesía española estuvieron jalonados por obras como esta o El silencio de oro, tanto tiempo inéditas. Son los necesarios eslabones recobrados entre las recargadas y afrancesadas estrofas de Laberinto y el inusitado verso desnudo de Diario. Sería inimaginable que tanto primor hubiese brotado sin estos aciertos previos. Hace dos años presentaba Caballero Bonald en EL PAÍS la hasta ahora última pieza inédita de JRJ, Arte menor: libro de poesía neopopular, pero sin el fácil acarreo popularista.
Manuscrito de uno de los poemas de 'Idilios'.
Idilios es poesía amorosa, sensual, en la estela de Libros de amor, aunque sin el erotismo de este. En la primera parte, Idilios clásicos, pasa la sombra de su idealizada Blanca Hernández Pinzón, “novia blanca” de su adolescencia, que finalmente se casó con quien no debía. Y también cruza la desconocida, elegante y fina norteamericana Luisa Grimm, malcasada con un rico boliviano borrachísimo que no entendía de poemas, pero que tenía dinero. En esas mismas fechas, JRJ y su familia perdieron todo su patrimonio cuando el Tribunal Supremo daba la razón al Banco de Bilbao y embargaba las propiedades de la familia Jiménez. JRJ sí entendía de poesía, pero no de dinero.
Los manuscritos se hallaban dispersos entre Madrid y Puerto Rico
Cuando conoció en Madrid el amor verdadero, Zenobia, su verso voló entonces hacia la crónica lírica, hacia el diario de ese otro “idilio romántico”. Donde fluye con naturalidad el momento sentido y el tiempo enamorado en ágiles y leves estrofas. No sorprende que algunos de estos poemas pasasen después a Diario de un poeta recién casado. Eran su silencioso embrión. JRJ huía del recargado alejandrino melodioso para recogerse en un verso sencillo, próximo, a veces, a la copla. El amor hizo esencial su poesía y la fue desnudando hermosamente desde Idilios hasta engrandecerla en Eternidades.
No hay pastores clásicos como en los Idilios de Teócrito. En estos breves y tiernos Idilios de JRJ, sí trato amoroso escrito mientras paseaba por el campo moguereño, pero también sentado en un solitario banco debajo del balcón de Zenobia en el Paseo del Prado de Madrid. JRJ, moderno pastor, enamorado y perdido en una ciudad sucia y bulliciosa, no dejaba de cantar la belleza, el amor y el infinito.
Este año, habrá más JRJ. La editorial Pre-Textos anuncia Vida, uno de sus magnos e imposibles proyectos. Una autobiografía que constará de varios tomos, en verso y prosa, y que comenzó a escribir a partir de 1940 en en Miami. Antes, en los años treinta, se asustó cuando la editorial Atenea de Fernando Calleja le encargó a Pedro Salinas redactar una pretendida biografía del moguereño. Para combatir tanta tergiversación y tanta mentira con que quisieron lastrarlo sus enemigos, mejor hacerlo uno mismo que no dejárselo a otro. JRJ saldrá de nuevo, como la vida, desde su invierno hacia su primavera.
José Antonio Expósito es doctor en Filología y editor de Juan Ramón Jiménez.

POESÍA ANTERIOR A 1936. "Los años prodigiosos [de Juan Ramón Jiménez]". Antonio Colinas

   Juan Ramón Jiménez

   En "El País":

Los años prodigiosos

Antonio Colinas analiza los poemas inéditos de Juan Ramón Jiménez que van a salir a la luz

Las composiciones están incluidas en el libro 'Idilios', que se publicará entre enero y febrero

El poeta y escritor subraya la importancia de la "decisiva" etapa entre 1908 y 1917

 6 ENE 2013 
Hemos venido afirmando que, quizá, Juan Ramón Jiménez sea el poeta español del siglo XX que mejor resiste la prueba del paso del tiempo. Ello es así, sobre todo, porque la amplitud de su obra sigue deparando sorpresas, tanto a sus estudiosos como a sus lectores; pero también porque poseyó el don de una voz propia que lo distingue –condición primordial para valorar la autenticidad de un creador– y porque su obra responde a un sentido universalista. El desenlace de este afán –extremado y bello como una música– serían sus últimos libros, en los cuales su sentir y su pensar se decantan con extremada pureza expresiva, quedando la palabra en los límites del silencio.
También constatamos que son varios los registros de esa voz suya y que, en consecuencia, son igualmente varios sus libros emblemáticos. Por ejemplo, se coincide en ver como decisivo el cambio estético que supuso el Diario de un poeta recién casado. Otros señalarían, y con razón, la última etapa, con cumbres como Espacio y Tiempo, en reciente y preciosa edición (Linteo, 2012); o, como raíz primera de su mundo, el sentimentalismo desbordado de Arias tristes o Jardines lejanos.
Manuscrito de uno de los poemas de Juan Ramón Jiménez contenidos en 'Idilios'.
También es clave, al referirnos a Idilios, hablar de una etapa para mí central y decisiva –Rocío Fernández Berrocal la llama “encrucijada clave”–, que es la que va de 1908 a 1917. Década que tiene sus orígenes en los días de retiro en Moguer y que se cierra con el cambio radical que supuso el Diario de un poeta recién casadoAhora –a la espera de la cuidada edición de Idilios podríamos pensar que éste es el libro que resume esa década prodigiosa. Primero, porque al haber sido escrito entre 1912 y 1913 (entre esos dos polos decisivos en su vida que fueron Moguer y Madrid: el tercero fue América), es decir en el centro de esa década; luego, porque Idilios podría ser el fruto decantado, esencial, de esa etapa que ha sido reconocida con fulgurantes calificativos: la de los “libros amarillos”, los “borradores silvestres” o los “fastuosos tesoros”.
¿Por qué fue así? ¿Por qué esa intensidad en la emoción y esa emoción hacia lo puro? Porque el poeta dejó fluir en aquellos años (y en este libro concreto) su voz con naturalidad. Porque ni deja desbordar sus sentimientos, como en sus primeras entregas, ni “construye” los textos como en sus últimos libros. En esta etapa el poema fluye al utilizar, en grado sumo, medios que son muy de él: la emoción, la intensidad, la ternura, un lirismo finísimo, la conmoción en el sentir y los hallazgos en el pensar (poético), la sorpresa, la palabra ajustada, el fulgor de la concisión…
Reunido ahora el libro y estudiado gracias a la sensibilidad y a la laboriosidad de Rocío Fernández Berrocal, vemos que esta obra –hasta ahora dispersa como otras suyas–, se funde en una unidad preciosa que, a su vez, proviene de una dualidad: la de las dos partes que componen el libro: “Idilios clásicos” e “Idilios románticos”. Dualidad que, en principio señala una engañosa significación meramente “literaria”, cuando el significado último está en lo hondo de cada palabra, verso y poema.
La relación, ahora probada contundentemente, de esta obra con la esposa del poeta, Zenobia, enriquece enormemente el sentido de la misma (“el idilio eras tú”). Con dedicatorias, además, expresas, como la perturbadora que abre el libro: “In Memoriam/ Z. C. A/ muerta para el amor”. Mujer y amor –temas esenciales a lo largo de la obra de Juan Ramón–, adquieren en Idilios una significación muy especial. Pero lo importante se halla en ese afán de unidad que reúne todos esos medios y recursos de la palabra inspirada a que atrás hemos hecho referencia y del que puede ser bellísima y arriesgada muestra este poema:
"¡Dame tu carne! ¡Quiero
ir en ella, loco jinete,
al norte, al sur,
al este y al oeste!
 ¡Quiero cruzar el mundo
con tu cuerpo luciente,
derramarlo, un instante, más allá
de la vida y la muerte!"
Antonio Colinas es poeta, ensayista, novelista y traductor. Es autor del prólogo del libro Idilios, que incluye los poemas inéditos de Juan Ramón Jiménez y que se publicará entre enero y febrero. Ganó el Premio Nacional de Literatura en 1982 y su último libro es Obra poética completa (2011).

jueves, 22 de noviembre de 2012

COLUMNA PERIODÍSTICA. "Infidelidad". Rosa Montero

Rosa Montero

   En "El País":

Infidelidad

  
   La Reina se ha querellado contra una empresa de contactos, Ashley Madison, por utilizar su imagen en un fotomontaje: la pusieron abrazada a un joven de torso desnudo. A. M. es esa firma que promete facilitarte un adulterio discreto. También sacaron al Rey en una foto de infieles. Mucha gente a la que le repatea la monarquía encuentra esos anuncios graciosos, pero a mí los de A. M. me parecen unos cantamañanas y su publicidad tan chillona y zafia como el más cutre de los programas del corazón. Usar tu identidad para hacer el montaje que les dé la gana es inadmisible.
   Pero lo llamativo es que, según A. M., el negocio de la infidelidad parece ser el único que no está en crisis en España. Dicen que nuestro país es el más infiel de cuantos han trabajado y que tienen 800.000 clientes. Puede ser. Creo que la infidelidad es algo natural porque nace de la insatisfacción, ese rasgo esencial del ser humano; del deseo de ser otro, de escapar del encierro de la propia vida y conocer algo nuevo, de jugar a reinventarse. Y tal vez los amargos días que vivimos potencien esas ansias fuguistas. ¿Quién no ha sido infiel alguna vez, siquiera de pensamiento? Me temo que es sobre todo el miedo lo que impide que haya más adulterios. Y, aún así, hay muchísimos. Un estudio de Nordic Mist (2006) descubrió que el 37% de los hombres españoles y el 35% de las mujeres habían sido infieles a sus parejas. O sea, uno de cada tres, indistintamente del sexo: me encanta que se reviente el ñoño mito de la fidelidad femenina. Aún más: según un estudio hecho en 1999 por una firma de cosméticos italiana, las mujeres rejuvenecen con la infidelidad (el 47% se preocupan más de su aspecto, el 52% dicen que ganan equilibrio psicológico), mientras que los hombres se hacen polvo: el 32% se ven con más arrugas y se sienten muy culpables. La infidelidad: una alegría gratis para tiempos de crisis.
   ACTIVIDADES:
1. Tema y organización de ideas.
2. Resumen.
3. Comentario crítico.
5. Análisis sintáctico:
   "Creo que la infidelidad es algo natural porque nace de la insatisfacción".

lunes, 12 de noviembre de 2012

LITERATURA HISPANOAMERICANA. El "boom". "Las raíces y sus precursores".

Ilustración de José Hernández para 'El Aleph', de Jorge Luis Borges (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores).

   En "El País":

Las raíces y los precursores

En 1962 coincidieron ocho libros clave. Fue el inicio del llamado “boom’ latinoamericano

Este artículo es el primero de una serie que analiza el impacto y legado de esas obras y sus autores

La literatura latinoamericana produjo grandes obras y autores antes del boom

 Barcelona 12 NOV 2012

Seguramente, lo peor de la expresión boom no es que sea un barbarismo sino que responde a un entusiasta error de percepción que llevamos camino de perpetuar. Cuando La ciudad y los perros obtuvo el Premio Biblioteca Breve de 1962, un miembro del jurado, José María Valverde, declaró: “Es la mejor novela española desde Don Segundo Sombra”. Esas palabras y su ratificación se reprodujeron en forma de un prologuillo que, impreso en páginas anaranjadas, acompañó la primera edición de la novela de Mario Vargas Llosa.
¿Era posible que entre 1926 y 1962 no hubiera habido una novela americana en lengua española que pudiera parangonarse con una y otra? Sin moverse de la Argentina natal de Ricardo Güiraldes, autor de Don Segundo Sombra, y del mismo año de 1926 hallamos El juguete rabioso, que quizá sea la mejor novela de Roberto Artl, y Cuentos para una inglesa desesperada, que fue la revelación del joven Eduardo Mallea.
Y si abusamos de la vecindad rioplatense, todavía podríamos añadir los espléndidos cuentos de Los desterrados, del uruguayo Horacio Quiroga. Si miramos un poco hacia atrás, el año de 1924 ofreció La vorágine, de José Eustasio Rivera, referencia de la novela del selva, entre el arrebato y la denuncia, y si lo hacemos hacia adelante, el año de 1929 trajo dos estupendas narraciones venezolanas, la criollísima Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos (que Cela remedaría en La catira, por cuenta del dictador Marcos Pérez Jiménez), y la joya intimista de Teresa de la Parra, Memorias de Mamá Blanca, obra de una distinguida señorita que leía a Valle-Inclán cuando estudiaba en un colegio del Sagrado Corazón, de Godella (Valencia).
En 1933 —año de Écue-Yamba-O y Pedro Blanco, el negrero, de los cubanos Alejo Carpentier y Lino Novás Blanco (que era gallego de origen)—, un ensayista peruano y miembro del APRA, Luis Alberto Sánchez, propuso el título de un libro provocativo, América: novela sin novelistas. Pero aquel laborioso costalero del concepto de literatura americana sabía muy bien que no era así…

La litera

En 1926 hubiera sido impensable la gaffe de Valverde porque muchos de los grandes libros americanos se habían impreso en España, el trasiego de viajeros transoceánicos era continuo y había críticos avisados. En España vivieron y publicaban los mexicanos Amado Nervo y Alfonso Reyes, habían residido Jorge Luis Borges, Augusto d'Halmar, Carlos Reyles y Vicente Huidobro, y si París era el imán de todos, Madrid o Barcelona podían ser un sucedáneo fácil. Desde los tiempos de Rubén Darío, los americanos miraron con benevolente superioridad a sus colegas peninsulares. En 1921, el joven peruano Alberto Guillén publicó un libro de entrevistas, La linterna de Diógenes, que no dejó títere con cabeza entre los escritores españoles del momento (Baroja y Azorín, sobre todo), aunque algunos (Pérez de Ayala) le rieron las gracias iconoclastas que, a veces, acertaban. Un poco antes, el editor de Hidalgo, Rufino Blanco Fombona, un pomposo escritor venezolano afincado en Madrid, había hecho algo parecido en las notículas de La lámpara de Aladino (1915). Y en 1927, Guillermo de Torre y Ernesto Giménez Caballero armaron un lío monumental cuando el primero reivindicó en La Gaceta Literaria (revista que reseñaba con tino todas las novedades americanas) un lema arriesgado, que todas las publicaciones americanas refutaron: “Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica”.
Algo después de la rebatiña, en 1930, el conciliador ensayista dominicano Max Henríquez Ureña escribió un ensayo que daba nombre certero al intercambio de iguales: El retorno de los galeones. Miguel Ángel Asturias, que andaba estudiando etnología precolombina en París, publicó ese año Leyendas de Guatemala y tres más tarde, tenía ya escrito El señor presidente, que vio la luz en 1946. Y llegaron a España revolucionarios como los peruanos César Falcón y Rosa Arciniega y también César Vallejo y Pablo Neruda, que, en la huella de Huidobro, ejercieron un ascendente similar al de Darío en 1900.
Lo que vino luego fue el apagón que indujo la sombra siniestra de la Guerra Civil. Ante el franquismo, los americanos más significativos rompieron amarras con aquella desastrada Madre Patria y cobraron alguna importancia los pocos que eran favorables al franquismo: el viejo y errático José Vasconcelos, el impenitente Enrique Larreta y el católico y nazi Hugo Wast, así como el despistado fascistoide Pablo Antonio Cuadra o el juanrramoniano Eduardo Carranza, cuyos nombres decoraron el Instituto de Cultura Hispánica de 1946. En la España de entonces se seguía asignando a la literatura americana la función que ya Unamuno había solicitado en sus reseñas de libros para La Lectura a comienzos del siglo: el nativismo, lo folclórico, lo elemental y directo. Pero en la América de 1945 todo había cambiado. El latinoamericanismo resultó una invención fecunda: lo proclamó en 1949 Alejo Carpentier con su invención de lo real maravilloso y le dio cuerpo político urbi et orbi el Canto general (1950), de Pablo Neruda, donde la España inmemorial no salió muy bien parada. Hasta bien entrados los años sesenta los lectores españoles fueron tributarios de las excelentes ediciones argentinas que Losada, Sudamericana o Emecé hicieron de Joyce, Sartre o Faulkner, pero nadie leía los libros americanos de los mismos sellos, o del mexicano Fondo de Cultura Económica. Y nos perdíamos a Marco Denevi, Adolfo Bioy Casares, Arturo Uslar Pietri, Rosario Castellanos o Agustín Yáñez.
Apreciamos buenas novelas indigenistas y elementales como El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, o Huasipungo, de Jorge Icaza, pero casi nadie supo de la perturbadora narración urbana El túnel, de Sábato, ni del nativismo simbólico de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, ni de la existencia de un lugar llamado Santa María, que había inventado Juan Carlos Onetti, todos en los años cincuenta. Ni siquiera se reconoció la maestría de Jorge Luis Borges, cuyo éxito internacional debió más a los franceses que a nosotros.
No había boom en 1962 y, a despecho de José María Valverde, que tantas otras cosas sabía y le debemos, sí hubo novelistas —y hubo novela: un designio general de hacerla— entre 1926 y aquella fecha. En ella, por ejemplo, se imprimió Sudeste, de Haroldo Conti, la enjuta y fascinante novela del delta del Paraná. Y Julio Cortázar dio Historias de cronopios y de famas; Alejo Carpentier, El siglo de las luces en edición mexicana, y Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz y Aura. Y es que las máquinas de escribir en México o La Habana, Bogotá o Caracas, en Lima, Santiago o Buenos Aires, echaban humo. Y, cuatro años después, el chileno Luis Harss acertó a darle un título a todo ello: eran Los nuestros

La literatura que cambió el español

1962 fue un año prodigioso para la literatura en español. En América Latina se celebró el Congreso de Intelectuales y se publicaron ocho libros clave: desde El siglo de las luces, de Carpentier, o La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes, pasando por el premio Biblioteca Breve a La ciudad y los perros, de Vargas Llosa. Por eso es considerado el punto de arranque de lo que ha pasado a la historia como Boom.
Un motivo por el cual EL PAÍS publicará esta semana un especial en la edición impresa y digital titulado 50 años del Boom: La literatura que cambió el español. Escritores, críticos y periodistas de España y América Latina harán un recorrido por las raíces, los precursores, las influencias y la trascendencia de esos libros y escritores, así como la manera en que cambió el negocio de la edición. Además de dos grandes encuestas: una con los lectores a través y el último día con una veintena de escritores y críticos de medio mundo.

Hitos de la LITERATURA LATINOMERICANA

   En "El País":

Hitos de la literatura latinoamericana

Un panorama sobre algunos de los principales libros latinoamericanos antes del boom

9 NOV 2012 

Durante todo el siglo XX y hasta antes de la eclosión del llamado Boom en 1962, América Latina produjo grandes obras literarias, aunque muchas de ellas no tuvieran el reconocimiento en su momento, y otras tantas fueran redescubiertas gracias al fenómeno literario de los años sesenta. Si el siglo XX empezó bajo la gran presencia de Rubén Darío, luego se diversificó, enriqueció y exploró al encadenar una serie de novelas, cuentos, ensayos y poemarios que marcaron la literatura en español y sirvieron de base a la literatura por venir. Los siguientes son algunos de esos libros:
1918 Los heraldos negros. César Vallejo

Cuentos de la selva. Horacio Quiroga
1920 El hombre muerto. Horacio Quiroga
1922. Trilce. César Vallejo
1924La vorágine. José Eustasio Rivera
Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pablo Neruda
1926Don Segundo sombra. Ricardo Güiraldes
El juguete rabioso. Roberto Arlt
Cuentos para una inglesa desesperada. Eduardo Mallea

Los desterrados. Horacio Quiroga
1929. Doña Bárbara. Rómulo Gallegos
1930Leyendas de Guatemala. Miguel Ángel Asturias
1931. Altazor. Vicente Huidobro
Las lanzas coloradas. Arturo Uslar Pietri
1933. Écue-Yamba.O. Alejo Carpentier
Luna silvestre. Octavio Paz
Pedro Blanco. Lino Navás Calvo
1934. Huasipungo. Jorge Icaza
Canaima. Rómulo Gallegos
1935. Historia universal de la infamia. Jorge Luis Borges

Residencia en la tierra. Pablo Neruda
La ciudad junto al río inmóvil. Eduardo Mallea
1937Muerte de Narciso. José Lezama Lima
1938. Tala. Gabriela Mistral
1941Entre la piedra y la flor. Octavio Paz
El mundo es ancho y ajeno. Ciro Alegría
1944. Ficciones. Jorge Luis Borges
1946. El señor presidente. Miguel Ángel Asturias

1947 Al filo del agua. Agustín Yáñez
1948. El túnel. Ernesto Sábato
1949. El reino de este mundo. Alejo Carpentier
Hombres de maíz. Miguel Ángel Asturias
Libertad bajo palabra. Octavio Paz
1950. Canto general. Pablo Neruda
El laberinto de la soledad. Octavio Paz
La vida breve. Juan Carlos Onetti
1952 Confabulario. Juan José Arreola
1953. El llano en llamas. Juan Rulfo
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier

1954. Lagar. Gabriela Mistral
1955Pedro Páramo. Juan Rulfo
Los gallinazos sin plumas. Julio Ramón Ribeyro
1957. Coronación. José Donoso
1958. La región más transparente.Carlos Fuentes
1959. Obras completas (y otros cuentos). Augusto Monterroso
1960La tregua. Mario Benedetti
Los premios. Julio Cortázar
Hijo de hombre. Augusto Roa Bastos
Así en la paz como en la guerra. Guillermo Cabrera Infante
Crónica de san Gabriel. Julio Ramón Ribeyro
1961El astillero. Juan Carlos Onetti
Sobre héroes y tumbas. Ernesto Sabato
El coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García Márquez
CONTINÚA...